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Alianza H- Trabajando con hombres jóvenes en programas de salud y equidad de género

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Género, étnia y salud (OPS)
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La equidad de género como una meta no significa que los hombres y las mujeres deban ser una misma cosa, sino que deben tener igualdad de oportunidades y probabilidades en la vida. De manera análoga, la equidad de género no supone que haya un modelo particular para todas las culturas, sino que refleje la inquietud de que las mujeres y los hombres tengan las mismas oportunidades y puedan tomar conjuntamente decisiones acerca de sus vidas(OCDE - CAD, 1998)..

El género es un concepto social, y las definiciones y percepciones varían según las culturas. El género define y diferencia las funciones, los derechos, las responsabilidades y las obligaciones de mujeres y hombres, y las diferencias biológicas innatas entre ambos forman la base de las normas sociales que definen los comportamientos apropiados para cada uno (Proyecto del Milenio de las Naciones Unidas, Grupo de Trabajo sobre Educación e Igualdad de Género, 2005).

Las funciones propias de cada género se aprenden, difieren según los diversos entornos y pueden cambiar con el transcurso del tiempo. Entre hombres y las mujeres existen desigualdades generadas por las funciones propias del género, que impiden la equidad de oportunidades entre ellos.

Todos los países del mundo se enfrentan, en grados diferentes, a problemas de desigualdad de género, y la educación es frecuentemente considerada como una de las principales herramientas para combatirlos. En la mayoría de los países, mujeres adultas y mujeres jóvenes están en situación de desventaja, comparadas con hombres adultos y hombres jóvenes, en lo relativo al acceso a bienes y servicios sociales, a la influencia y control sobre los procesos de toma de decisiones, y frente a las instituciones sociales o políticas que determinan su calidad de vida. Esto ocurre tanto en la familia, como en la comunidad e, incluso, a nivel nacional. A medida que las oportunidades de progreso femenino en la educación aumentan, los países tienden a tornarse más exitosos en tratar el problema de la desigualdad de género en la sociedad. Por ello, el diseño y la implementación de programas de educación de calidad tiene implicaciones para el progreso en el campo de la equidad de género.

El empoderamiento es un elemento fundamental para corregir las inequidades entre los hombres y las mujeres. El concepto del empoderamiento implica el acceso al poder, la participación y el control de la toma de decisiones en la propia vida. En América Latina, las feministas vinculan la idea de autonomía con su propio cuerpo, como territorio en el cual una mujer ejerce su poder y determina la forma en que se relaciona con otros (Organización Panamericana de la Salud, Proyecto PIEMA, 2004). Esto es particularmente pertinente para la salud sexual y reproductiva, así como para los derechos de la mujer y las elecciones y el control en la toma de decisiones sobre su cuerpo, como tener o no relaciones sexuales, procrear o no hijos (y cuándo), y el control sobre prácticas sexuales que sean placenteras, seguras y no perjudiciales

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“Hacerse hombre”, un objetivo tan deseado por millones de adolescentes latinoamericanos, se ha vuelto un problema para los encargados de cuidar de la salud de esos mismos jóvenes. Las formas culturales en que se percibe la “masculinidad” tienen algunas consecuencias negativas desde el punto de vista de la salud pública. Esta es la conclusión a la que se ha aproximado la OMS/OPS a partir de las experiencias e investigaciones en el continente, cuyos datos permiten suponer que conductas problemáticas en el ámbito sanitario, como violencia, riesgo de infección por el VIH, adicciones o paternidad precoz, están relacionadas con la masculinidad.

Las investigaciones recientes sugieren que las necesidades de salud de los hombres, especialmente los adolescentes, son más urgentes de lo que se pensaba. Se sugiere que el género masculino es una variable que genera mayor vulnerabilidad al riesgo. Por ejemplo, en general en América Latina y el Caribe, la carga de enfermedad para los hombres es 26% más alta que para las mujeres. Mucha de esta morbilidad se asocia a la construcción social de la masculinidad: accidentes de tránsito, homicidios, lesiones y enfermedades cardiovasculares, a menudo relacionadas con el uso del alcohol, el estrés y los estilos de vida. Estas tendencias sugieren la necesidad de trabajar con adolescentes varones, ya que muchos de los comportamientos que llevan a estos problemas de salud en la edad adulta emergen de patrones aprendidos en la niñez y la adolescencia. Leer más...

Adolescentes mujeres


El paso desde la condición de niña a la condición de adulta es, tal vez, el periodo más importante en la vida de una mujer. Un desarrollo saludable le permitirá alcanzar esa condición sintiéndose sana, segura de sí misma y facultada para expresar sus opiniones y actuar según su propia decisión. Sin embargo, las adolescentes representan uno de los grupos menos facultados, aun si se las compara con las mujeres adultas. Las adolescentes tienen poco acceso a oportunidades económicas, no toman decisiones en sus hogares y a menudo carecen de control sobre las elecciones en sus vidas. Las adolescentes sufren desigualdades por razón de sexo que las afectan en diversos planos -individual, interpersonal, comunitario, sociocultural- y que influyen en su salud y su bienestar psíquico. La diferenciación por razón de género se intensifica durante el periodo de la adolescencia a medida que las jóvenes aprenden e imitan lo que significa ser una mujer. Por consiguiente, el periodo de la adolescencia representa una oportunidad única de abordar la autonomía de las mujeres y mejorar la equidad de género. Leer más...

Los Objetivos de Desarrollo del Milenio , aprobados en el año 2000 por los 189 Estados Miembros de las Naciones Unidas, establecieron un conjunto de metas a plazo fijo y cuantificables para luchar contra la pobreza extrema, el hambre, la discriminación por razón de género y el mejoramiento de las condiciones de salud. La "autonomía" se considera un medio para alcanzar estas metas, y una de ellas es precisamente la autonomía de las mujeres. A partir de las Conferencias Internacionales de el Cairo (1994) y Beijing (1995), así como el Programa de Acción de la Conferencia Internacional sobre la Población y el Desarrollo de las Naciones Unidas (CIPD), se reconocen que el empoderamiento de las mujeres es fundamental para menguar las desigualdades por razón de sexo, lograr la equidad para las mujeres y los hombres, y permitir una participación igual y una representación equitativa de las mujeres en todos los planos de la vida.